domingo, agosto 18, 2013

Toltequidad. Vínculo.

http://es.wikipedia.org/wiki/Toltequidad

Visión de los vencidos

La Visión de los vencidos puedes encontrarla disponible en:
http://biblioweb.dgsca.unam.mx/libros/vencidos/

También está en una edición de la UNAM que cuesta como 70 pesos.

el título es el mismo. El autor de la recopilación es Miguel León Portilla.

EL REZADOR Y SUS DOS NAGUALES.

Antonio Gómez Gómez (Chamula)
(Premiado con el primer lugar para la lengua tzotzil en el V Concurso "Historia de Nuestros Antepasados", en octubre de 1990)
Hace mucho tiempo, hubo un eclipse total de sol, por lo cual hasta las estrellas aparecieron; los ancianos dicen que esto sucedió a eso de las 11 o 12 del día, que los gallos cantaron y anidaron. Algunos indígenas lloraban entre sollozos y rezaban postrados en la tierra, mientras que otros decían: "Ya se murió nuestro señor Sol y todo por causa de los hechiceros".
Allá en los lugares escondidos de la montaña habitaba una pareja, aislada de los demás y que era de la gente más humilde. El hombre se dedicaba a la cacería, a la siembra de frijol, maíz y al pastoreo de borregos, su mujer era su única compañía y su consuelo, ella se dedicaba a las labores hogareñas y también tejía, hilaba y cardaba la lana de los borregos.
Cuando quisieron tener hijos no pudieron; y así pasaron muchos años. Le rogaban siempre a los dioses (en aquel tiempo sólo conocían a los dioses de la naturaleza) para que les concediera la dicha de tener un hijo en quien perpetuar su descendencia. Después de tantos ruegos a los dioses y sobre todo al principal que es Vaxakmen (Dios Providente) se les concedió esa dicha.
El embarazo de la mujer fue causa de inmensa alegría entre ellos. Cuando se cumplió el ciclo del embarazo empezaron los dolores, pero grande fue la decepción, pues justamente cuando parecía ser de noche a causa del eclipse nació el bebé; cuando unos lloraban y otros se lamentaban de sus malos actos, la parturienta no sabía si sufría dolor de parto o de pánico. El fenómeno sideral no duró mucho tiempo, pero cuando pasó, muchos ya habían fallecido de infarto.
Uno de los antiguos rezadores que vivió en Chamula y que hasta el último día de su vida conservó la lucidez, comentaba:

"El bebé que nació en ese momento, cuando se ) estaba muriendo el sol, fue muy poderoso porque le fue traspasada la inteligencia de todos los que mu- ! rieron en el eclipse, entre ellos brujos, curanderos, r sabios y así le fue dada toda la virtud del saber y de ~ los conocimientos anteriores, es decir, en él se reencarnaron los espíritus de los muertos, por lo que era un hombre que podía conocer más allá de lo normal. Durante el eclipse nacieron algunos brujos que sólo sabían hacer el mal pero también nacieron muchos curanderos, ya que se dice que cuando se enferma el sol nacen curanderos y brujos, y en el eclipse lunar nacen las mujeres curanderas y brujas".
Aquella familia cuyo nombre se ignora, sólo se sabe que fue del linaje de los Kaxtoli. cuyo significado también se desconoce, estaba muy feliz por tener en sus brazos aun bebé y fue tan grande su alegría que le pusieron por nombre Xapax que quiere decir "el hijo en la tristeza", Xap es desolación y ax es acción de tiempo.
Así fueron pasando los días, los meses y los años, el niño fue creciendo rápido. Al llegar a los diez años de edad les dijo a sus papás que su destino no era el vivir con ellos, que en sus sueños le decían que tenía que alejarse de sus padres por un tiempo para poder aprender otras cosas que le serían reveladas en algún lugar lejano y apartado. Todo esto lo comentaba dos o tres veces a la semana. A sus papás les parecía muy extraño el comportamiento de su hijo puesto que era muy diferente al de otros niños.
Y así fue creciendo y su aprendizaje era muy avanzado, sabía muchas cosas más que sus padres ignoraban a pesar de su edad. Tenía el don de la clarividencia, pues un día les dijo a sus papás:
-Mañana se enfermará mi tía, siento que su espíritu está muy débil.
¿Pero cómo puedes decir eso, acaso les deseas algún mal a tus únicos familiares? , dijo el papá.
-No, papá, alguien me lo dice, pero no puedo hacer nada aún puesto que no ha llegado el tiempo que se me ha dicho siempre en mis sueños, yo liberaré a los demás de su enfermedad ya que nací en el momento cuando más se necesitaba ayuda y así será, mañana visitaremos a mi tía porque ahí conoceré a alguien.
Al escuchar esto los papás, se preocuparon mucho: no podían tomar como una fantasía lo que decía el muchacho, ya que a través de su comportamiento había demostrado su madurez. Al otro día salieron muy de mañana hacia la casa de los familiares, se dice que caminaron como tres o cuatro horas para llegar a la casa. Cuando llegaron vieron que los hijos de su tía estaban reunidos alrededor de su madre, sin más comentarios ellos apresuraron sus pasos y al llegar junto a la puerta, el papá del muchacho saludó diciendo:
-¿Cómo están? ¿se encuentran todos bien? ii. Del interior de la casa surgió una voz débil que les dijo: -Aquí estoy, pasen adelante, que no puedo levantarme, tengo encogidos los pies, no sé qué es lo que me pasó todo fue de un momento a otro. y bien, ¿cómo supieron ustedes que estaba enferma, pues sólo así vienen a visitarme? ¿quién les avisó? Que yo recuerde no he enviado a nadie para comunicarles.
Al oir estas preguntas, los visitantes no supieron responder y por un momento se quedaron callados, luego dijo el hijo de ellos:
-Yo los traje porque quería conocer a mis primos, " por eso pedí a mi papá que viniéramos a visitarlos.
La enferma contestó:
-Está bien sobrinito, que bueno que hayas querido conocer a tus primos, pues si yo muriera ellos irían a vivir contigo.
El respondió:
-No tía, tú no morirás, siento que todavía tienes otros años de vida y un camino que recorrer todavía, así que buscaremos algunos curanderos para que te vean.
-No, no es necesario que se haga eso, dentro de poco me sentiré bien, dijo la enfenna.
-Y ¿quién es mi primo mayor? preguntó el niño. -Al ratito I1egará, fue a traer agua, contestó la tía. En eso I1egó el muchacho, y la mamá sin perder el tiempo le dijo:
-Oye hijo, saluda a tu tío ya tu tía, el muchacho es tu primo, nos vinieron a visitar .
El muchacho sin hacer ningún comentario se acercó a los visitantes, dobló una rodilla e inclinó la cabeza hacia sus tíos. Esta forma de saludar era generalizada hasta hace algunos años, en la actualidad sólo se práctica entre yernos y suegros y entre nietos y abuelos.
Ese día se quedaron hasta la tarde y no se presentó ninguna novedad con la enferma. Cuando I1egó la noche decidieron regresar a su casa, eran como las 9 o 10 de la noche. En el camino se encontraba una cueva donde tenían que pasar y, en ese lugar, el niño se rezagó un poco. De repente vio a un animal muy grande que lo miraba fijamente, el niño sin mostrar ningún temor siguió caminando, aquel felino lo siguió por un buen tramo. Pero luego el muchacho dio alcance a sus papás que, ya estaban preocupados esperando a su hijo, pero al verlo se olvidaron de la mortificación y prosiguieron su camino.
Al I1egar a su casa vieron un tecolote que estaba parado sobre lo más alto de la casa, justamente donde principia el primer amarre de los techos de paja, el animal dio dos o tres cantos y se alejó agitando sus alas; el papá del muchacho se preocupó ya que nunca antes había visto esto, pero el muchacho al que todo se le revelaba en sus sueños, consoló a su papá diciéndole:
-No te preocupes papá, mañana sabremos lo qué va a pasar, ahora que entremos quemaremos siete granos de maíz blanco, rojo, amarillo y negro, ya que éstos representan los días de la semana, así nuestro Dios Providente nos dirá por qué sucedió esto y si es para bien o para mal.
La preocupación del papá se basaba en las creencias de su pueblo, que suponen que los tecolotes son espíritus de los brujos. Hasta la fecha se considera que si el tecolote canta en el camino o en la casa, es aviso de que algún mal se aproxima, ya sea como accidente, enfermedad o muerte.
Al entrar ala casa hicieron lo que les dijo Xapax, rezaron a sus guardianes para que les eludiera de cualquier mal próximo, después se fueron a dormir .
Al amanecer se levantaron temprano como de costumbre y el muchacho dijo:
-Papá, no te preocupes por lo que pasó anoche y por lo que vimos; Nuestro Señor me ha hecho ver que ese animal será nuestro mensajero, pues también en el camino de regreso a casa conocí a mi guardián, es decir, mi nahual, mi animal protector.
El papá todo extrañado preguntó:
-¿Pero cómo sabes esto si aún no cumples los quince años, que es la edad en la que nosotros tenemos el deber de hacértelo saber, aunque no tenemos la facultad de conocer a nuestros nahuales.
-Sí lo sé papá, pero recuerda que yo nací cuando me necesitaban y que cuando unos morían yo nacía y el Señor los hizo vivir en mí, por el fenómeno del eclipse porque Dios así lo quiso.
-¿Entonces tú vas a ser como un dios? preguntó el papá.
-No, yo sólo seré una persona que les haga ver lo bueno y lo malo y para poder enseñar eso tengo que aprender. El Señor me dio la facultad de ver lo que va a ocurrir, ahora sólo estoy esperando e] tiempo y la señal que les he comentado antes para poder ir a donde seré llamado para aprender .
El papá preguntó:
-¿y cuá] será esa seña]?
-Un día cuando estemos tomando nuestro pozol al mediodía cantará una gallina como gallo, entonces habrá llegado el momento de partir .
El papá temeroso no dijo nada, ya que todo lo que decía su hijo se cumplía como una profecía.
Pasaron unos días y le preguntaron a su hijo:
-¿Oye no sabes cómo seguirá tu tía? El contestó:
-Ella estará así por un tiempo pero no se preocupen no se agravará. Su hijo mayor vendrá algún día y le diré por qué se enfermó su mamá y cómo se curará.
-Pero, ¿por qué no ]e dices ahora?
-Porque aún no ha llegado el momento, primero se tendrá que cumplir la voluntad de Nuestro Señor.
No se sabe cuánto tiempo transcurrió. Un día se encontraban los tres tomando su pozol como de costumbre, cuando se les acercó una gallina blanca hasta la puerta, alzó la cabeza., .sacudió las alas y luego cantó: "quiquiriqu". El papá sintió morirse y la mama quedo muda, la profecía del muchacho se cumplía. Para entonces ya tenía como quince años de edad y con la señal esperada se convertía en una persona muy importante para los demás.
El muchacho se paró y abrazó a su papá diciéndole:
-No tardaré mucho tiempo fuera de casa, cuando escuchen el canto del tecolote no teman pues será mi esencia que estará con ustedes; y por mí no deben preocuparse pues nada me ha de suceder, cuídense mucho y cada vislumbrar del alba recen de esta manera:
"Señor, cuida de nuestro hijo, cuida de tu siervo, cuida de mi vástago, que está cumpliendo tu voluntad, tu mandato, para que pueda ejercer sobre la tierra tu voluntad, Señor, ilumina su mente, su corazón para que se 11ene de bondad para los demás..."
Continuó diciendo el muchacho: -Sepan que todo lo que ustedes pidan será cumplido a su debido Tiempo, les pido que se alejen del egoísmo y de todo lo que practicaban los perversos, cada mañana encomiéndense a los dioses ya nuestros fieles guardianes, rueguen siempre a nuestro Dios para que borre de la tierra la maldad de la gente. Cada vez que se acuerden de mí no se pongan tristes, recuerden que yo volveré para lo que he sido enviado y así poder enseñar a los demás las cosas que no es había sido reveladas y así sabrán las buenas épocas de i siembra pues conoceremos esto a través de la posición de la Luna, del correr del viento, de las estre11as y del Sol mismo, para poder mejorar nuestros cultivos y esto nos servirá también con nuestros carneros, pues conociendo estos tiempos no sufrirán de hambre y nosotros tendremos más, con- forme la misericordia de Nuestro Señor.
Luego se dirigió a su mamá de la misma forma, la abrazó y le recomendó que estuviera al cuidado de su marido pues estas cosas eran bien vistas por Dios ya que cuando hay paz en el hogar siempre habrá abundancia y misericordia de su gracia, procurándole su ropa y ayudándole con el cuidado de los borregos.
Esa tarde se quedó a esperar la última revelación para saber dónde sería el lugar en el que recibiría las instrucciones para ejercer su misión. Los papás estaban muy tristes y un tanto desconsolados, esa noche cenaron juntos y después se dispusieron a dormir .
Al otro día muy de mañana se levantaron, la mamá le dijo a su hijo:
-Hijo: llévate estas tortillas, ya que tal vez tendrás que l caminar mucho, también te prepararé un poco de pozol y junto te coloqué una jícara y todo lo alisté en esta redecita para que lo puedas llevar.
-Te lo agradezco mamá, dijo el muchacho y luego emprendió el camino de salida.
~ El papá muy preocupado le preguntó:
-¿ Ya sabes adónde vas? ¿cuántos días vas a tardar? ¿cómo sabremos el lugar dónde encontrarte?
-No te preocupes -contestó-, el camino que yo he de , tomar ya ha sido marcado con las huellas de mi nahual, que es mi animal guardián y de noche me guiará el tecolote con su canto, que aún no sé con toda seguridad si es el espíritu de nuestros ancestros que me guían en el camino del bien para poder vencer a todos los malos curanderos, Tampoco sé cuantos días tardaré en regresar; nunca traten de buscarme puesto que yo estaré bien protegido, si alguien llegara a preguntar por mí diles que tuve que ir en busca de algún trabajo mejor.
Después de hacer estas aclaraciones salió de su casa y justo desde la puerta se veían las huellas del tigre, las siguió pues era su guía de día, mientras que en la noche era guiado por el canto del tecolote.
Se dice que caminó dos días con sus dos noches hasta que llegó aun lugar descampado, como ya no había huellas que seguir se quedó a descansar ese día, comió unas cuantas tortillas y el pozol no pudo tomarlo porque no había agua; ya casi estaba oscureciendo cuando de repente escuchó el canto de varios tecolotes, sintió un poco de miedo, pero luego escuchó el rugir del tigre y entonces se sintió más protegido, ya que sabía perfectamente que los tecolotes eran los espíritus de los brujos o hechiceros, que no querían que prosperara el bien. Entonces, el muchacho, con una voz firme gritó con toda su fuerza:
-¡Callados todos! ¡ustedes son espíritus malignos, sepan que ya les llegó la hora en que serán anuladas sus fuerzas, pues el Señor me ha enviado para tener poder sobre ustedes!
Mientras esto estaba diciendo, los tecolotes como si tuvieran entendimiento humano, gritaban con mayor fuerza y sus cantos eran como el gruñir de animales feroces, trataban de ahuyentar a aquel individuo que pronto sería el mejor de todos.
El tigre dio unos saltos y luego lanzó un gruñido que se escuchó por todo aquel valle, los tecolotes se enmudecieron y quedó aquel lugar en completo silencio. Entonces luego el muchacho alcanzó a ver una pequeña choza, que se veía ya semidestruída, en ella se notaba abandono, a unos metros de esa choza se hallaba una enorme cueva, que en la actualidad se conoce con el nombre de Jol Minax.
El muchacho llegó' a la choza y observó todas las cosas que se hallaban ahí; se encontraban algunas ollas rotas, otras llenas de tierra, también vio unas jícaras rotas. Se quedó viendo todo sin saber qué hacer, encontró un pequeño tronco de ocote todo apolillado, y se sentó ahí pensativo, sin darse cuenta se quedó dormido, tal vez por el cansancio, pero a la medianoche oyó un lamento que brotaba de adentro de la cueva, el muchacho despertó sobresaltado, al escuchar de nuevo ese lamento pensó que estaban asesinando a alguien. Pasó un rato y volvió a escuchar ese lamento y el joven sin temor se dirigió a la cueva, sólo que ya no se escuchaba nada más que el cantar de los grillos y de algunos pájaros nocturnos, allá adentro escuchó claramente el correr de un pequeño arroyo, y siguió caminando aunque a obscuras. No se sabe cuanto tiempo caminó para alcanzar ese arroyo, ya no oía el gemido y exclamó:
-¿ Quién anda ahí?
Pero no oyó ninguna respuesta, cuando ya había amanecido, estando aún en la cueva, sacó un poco de agua para batir su pozol y comió otras de las tortillas que le había dado su mamá antes de salir. Cuando estaba sentado escuchó que alguien se acercaba pues en ese lugar atravesaba un camino principal que usaban los comerciantes de otros pueblos.
Eran unos caminantes que al ver aquel solitario muchacho le preguntaron:
-¿ Qué haces tan solo aquí? Este lugar es muy peligroso, porque aquí mataron a un viejo curandero y su espíritu clama venganza porque nadie vino para enterrarlo.
El muchacho, interesado, les preguntó por qué lo habían asesinado. Le contestaron que mataron al viejo porque algunos brujos de la localidad lo odiaban por ser un buen curandero ya que por él no podían hacer tantas maldades.
El muchacho preguntó de nuevo: -¿y cómo se llamaba ese curandero? ," No sé sabe cómo se llamó. Sólo que era de la familia de los Kaxtoli .y como él ya no hubo curandero igual.
El chico quedó pensativo sin hacer ningún comentario sobre lo ocurrido la noche anterior y los caminantes preguntaron:
-¿Quién es tu papá? ¿de dónde vienes? ¿qué haces aquí? El dijo:
-Estoy esperando a mi papá que fue de cacería.
-Está bien, mientras descansamos un poco te acompaña- remos un momento y así esperas con nosotros a tu papá, porque en este lugar hay mucho peligro. De la cueva sale un animal muy grande que se come a la gente y también por aquí merodean los espíritus malignos y los de todos los que han muerto por ese lugar. En la cueva se hallan muchos huesos.
-¿Y usted cómo lo sabe? preguntó el muchacho. -Porque en ese lugar fue vendida el alma de mi padre, vinieron varios curanderos hasta aquí y se adentraron en la cueva pero ninguno pudo liberarlo.
-¿Y por qué fue vendida su alma?
-Por tener animales, maíz y frijol, a los brujos no les gustó y por eso lo envidiaban. Aquí también han muerto muchos brujos, algunos por no saber hacer bien su trabajo y otros por pedir riquezas.
Así continuaron comentando muchas cosas de ese lugar lleno de misterio. También le dijeron que de la casa salían muchos fantasmas que espantaban a toda la gente ya todos los que caminaban de noche y por eso buscaban otros caminos, pues ya ninguno se atrevía a pasar de noche por ese lugar ya la casa le llamaban na kuxkux que significa: la casa del tecolote.
Pasaron así algunas horas, los caminantes dijeron: -¿Qué le habrá pasado a tu papá que no regresa?
Nosotros tenemos que irnos. -Está bien, contestó el joven, creo que ya no tardará en regresar mi papá. Esto les dijo para que se fueran, pues sabía que su papá no estaba en ese lugar. y así los caminantes se fueron.
El muchacho se quedó pensativo tratando de encontrar alguna explicación a lo sucedido, pero en ese momento surgió el enorme tigre de la cueva y dejó escapar un rugido que se perdió en ecos; de repente comenzó a soplar un fuerte viento y el cielo empezó a oscurecerse, de la cueva salió una nube blanca que recorrió el campo; el joven se colocó más o menos al centro de éste, después de un buen rato se escucharon lamentos que surgían, algunos de la cueva y otros por el campo; él trató de encontrar algo en esa nube blanca pero no vio nada, entonces el felino se acercó hacia él y como si tuviera que decirle algo empezó a lamerle la mano como un dócil gato; no le temió pues ése era su guardián.
Así pasó un largo rato y escuchó el aullido de varios coyotes, los cuales eran las nahuales de los seres vivientes que le pedían protección pues él era elegido. No sabía qué hacer pues no escuchaba ninguna voz ni veía a nadie con quién entrevistarse, cuando ya estaba anocheciendo comenzaron a cantar los tecolotes y todo era una mezcla de lamentos y aullidos. Durante tres días no pudo ver el Sol ni nada, sólo veía la gran nube que salía de la cueva, ya no tenía nada que comer, pero tenía mucho ánimo por conocer lo que habría de acontecer yeso lo mantuvo, durante todos esos días, sin dormir; pero al tercer día se quedó dormido y a eso del mediodía escuchó un trueno que estremeció aquel lugar y el muchacho se despertó. Se escucharon más truenos y los lamentos y los aullidos cesaron.
En la entrada de la cueva apareció un anciano que se apoyaba en su bastón y que vestía ropa blanca, el muchacho lo reconoció pues era el hombre que siempre había soñado y que le decía lo que habría de pasar y por quien conoció a su nahual.
El anciano se le acercó y le dijo:
-Oye hijo mío, tú eres el elegido nacido de la tristeza para convertirte en alegría; el que salvará de los malos a los demás, el que enseñará la nueva forma de invocar y rezar a los dioses de la lluvia, cuevas, cerros y manantiales; al Dios que te dio la vida, Nuestro Señor Providente. Fui asesinado por los malos hombres y mi espíritu está clamando misericordia desde la cueva, pero tú sabrás quiénes fueron los que me asesinaron, ellos ya no viven pero sus espíritus están latentes haciendo el mal porque aún son invocados por otros brujos, pero después de que intervengas ya no podrán hacer más daño, pues los cegarás y no harán más daño. Alcanzarás a ver lo que todos quisieran y sabrás hacer el bien porque el Señor te guiará por la luz y alcanzarás el cuarto nivel del conocimiento humano.
Hijo mío, continuó diciendo, después de esto regresarás a tu casa y luego irás a la casa de tu tía, que tiene ya buen tiempo enferma y ahí comenzarás tu misión. Sólo tú podrás curarla ya que nadie pudo hacerlo.
En ti se recompensará todo lo que nuestra descendencia no pudo lograr jamás, porque el don que ahora tienes quizás ya no se vuelva a repetir, ya no se oscurecerá el sol en su totalidad y ahora nuestra descendencia es despreciada por- que a mi me acusaron de brujo, pero fue así: yo siempre hice el bien, los brujos mintieron y vinieron a matarme. Llegaron hasta aquí a mí humilde choza, este campo que ves ahora yo lo llenaba de siembras pues tenía la gracia de los dioses, ahora mi espíritu dejará de gritar por las noches y descansaré en paz con los míos, sólo te pido que recojas mis huesos. y entiérralos junto al arroyo que está dentro de la cueva.
Siguió hablándole el anciano:
-Estarás siempre acompañado por tus nahuales, cuando alguien pretenda hacerte daño escucharás el canto del tecolote y esto también sucederá con todos los demás, por eso les dirás que se encomienden a los dioses para eludir todo mal. El tecolote representa a los malos espíritus, pero a ti se te ha asignado uno que no es malo, será tu guía cuando tengas que caminar por la noche y siempre te respetarán todos porque tu nahual es poderoso.
Después de oir esto, el muchacho le preguntó:
-Señor, ¿cómo sabré curar a los enfermos, si yo no sé rezar ni tampoco conozco las hierbas medicinales?
-No te preocupes por eso, por las noches cuando duermas se te hará saber todo lo que debes aprender y lo enseñarás a los futuros curanderos para que curen como lo harás tú, hasta los brujos acudirán a ti porque no podrán liberarse del propio mal. Cuando vayas a la casa de tu tía el espíritu y el nahual de un brujo te visitarán y querrán apoderarse de ella; pero no temas que eso no sucederá. Cada mes, al principiar la luna, irás hasta la cumbre del cerro más alto y ahí invocarás por tu protección, por todo lo que te faltase por saber y porque tu mente nunca se aparte del bien pues si llegaras a hacer el mal condenarás tu alma. Por las mañanas darás gracias a Dios porque te protege y por haber descansado tu cuerpo; todo esto lo dirás a todos ellos para que hagan siempre el bien. Busca en medio de la choza, ahí se encuentra enterrado un tecomate, arráncalo, ése fue mío, también hay dos cuernos blancos de toro: llévatelos; y por último verás un cuerno de venado, que será tu secreto, no te separes de él ni aun cuando estés durmiendo. Lava el tecomate y llénalo con el agua que hay dentro de la cueva y con ella rociarás la cabeza de los enfermos, pero antes rociarás la casa donde vas a vivir y la de tus papás; los cuernos de toro te servirán para guardar el aguardiente que te darán en la casa de los enfermos como agradecimiento, no lo tomes y lo mismo harán los demás curanderos pues a todos les dirás tal como te lo digo ahora. Ya sabes todo lo que vas a hacer y lo que has de hacer, cuando hayas cumplido se te hará saber que tendrás que volver a este lugar para descansar para siempre.
Después de esto el anciano sin dar la espalda se perdió en la penumbra, de inmediato el muchacho comenzó a buscar dentro de la choza todo lo que le dijo, después entró en la cueva, enterró los huesos de aquel viejo, llenó de agua el tecomate que aún seguía intacto a pesar del tiempo que llevaba enterrado; salió de la cueva y emprendió el camino de regreso a su casa. Todo estaba ya despejado, las nubes se habían disipado y su guardián no se le separó más, ni el tecolote tampoco, lo tenía en su casa como si fuera una gallina.
A su regreso sus papás se llenaron de júbilo, lo recibieron con una gran comida, le mataron una gallina y ese día se quedó a descansar. Por eso en la actualidad los curanderos usan gallinas cuando van a rezarle a algún enfermo y hacen lo mismo cuando alguien fallece, porque así lo hicieron los papás de este buen curandero.
Al otro día se levantó temprano y les dijo a sus papás:
-Tengo que ir a ver a mi tía porque el tiempo de su mal ya se ha cumplido y será liberada ahora.
Los papás le preguntaron:
-¿Cómo sabes del mal que padece?
Él dijo:
-No es ningún mal, sólo es la prueba para que yo comience la obra que he de seguir y con esto sabrán los demás todo lo que aprendí porque el anciano me lo ha dicho todo y ahora seguiremos la voluntad del Señor. Preparen algunos regalos pues iremos a la casa de mi tía.
Los papás sin Comentar nada hicieron lo que Su hijo les dijo pues ya era un joven curandero enviado por Dios.
Cuando llegaron a la casa de su tía, salieron sus primos al encuentro y le dijeron que su mamá se había puesto muy mal desde hacía dos días.
Les dijo:
-No se preocupen, ya se pondrá bien, porque el tiempo de su mal se ha cumplido.
LoS primos sin entender le dijeron, ya llamamos a varios curanderos pero no pudieron hacer nada porque es mallo que le echaron.
Xapax dijo:
-No es ningún mal, lo que tiene es un síntoma, que hará saber ala gente que el día del bien ha llegado.
Cuando entró a la casa se dio cuenta de que su tía estaba muy mal y sin perder tiempo le dijo:
-Tía no te preocupes ya te pondrás bien, el Señor me ha enviado para alejar de ti esta enfermedad que no es ningún mal sino que es la señal para hacerte saber que la misericordia del Señor ha llegado a nuestra descendencia.
La tía contestó: -¿Pero tú eres muy joven para ser curandero? -Sí es cierto dijo el muchacho, pero recuerden que yo nací cuando se obscureció la tierra en pleno día y todos los que murieron en ese momento se reencarnaron en mí y ahora por mí se salvará mucha gente de sus enfermedades, porque invocaré a Dios por todos y me escuchará. Nacerán nuestros curanderos y ahora habrá una nueva forma de rezar cuando curen y ofrendarán una gallina a los dioses, así como lo haré hoy por usted; todo esto me lo dijo el viejo Kaxtoli " aquel que fue asesinado en su casa, su alma me lo
contó todo.
Al escuchar esto la tía se sorprendió, pues todo lo que decía ya había pasado hace mucho tiempo.
El muchacho siguió comentando:
-Ese abuelo fue asesinado por los brujos y por la gente
que lo confundió con un brujo, por las mentiras de otros, pero no era brujo sino el mejor curandero y ahora su espíritu vive en mí.
La tía depositó su fe en el joven curandero y le dijo:
-¿Qué necesitas para curarme?
Contestó:
-Necesitamos tres puntas de pino, tres flores blancas, tres puntas de sauco, un poco de ajo y una gallina blanca, esto lo harán desde ahora los futuros curanderos.
Esperaron hasta que llegara la noche y se oyó el rugir del tigre, pues como hemos dicho era el animal guardián, el nahual del joven rezador, a lo lejos también se escuchó el canto del tecolote.
El joven rezador se levantó y les dijo:
-Ya es hora de rezar, todos vamos a salir a medio patio para rezarle a Dios y él nos hará ver el milagro.
Salieron todos a medio patio, sembraron las tres puntas de pino, amarraron la flor y junto a ésta colocaron la gallina, también la enferma estaba ahí.
El muchacho se arrodilló y se postró en la tierra dando así principio a lo que vendría después.
Se dice que el rezo fue muy extraño, algo nunca escuchado, era medio cantado sin gritar y, por eso, los rezadores de la actualidad lo hacen medio cantadito.
Después de un buen rato de rezar sacó su tecomate y roció el cuerpo de la enferma y les pidió a los demás que se hincaran (no se sabe si usó velas, pues tal vez no se cono- cían). Al rezar de nuevo se acercó el espíritu del mal como ya le había dicho, queriéndose apoderar de la enferma, este espíritu se presentó en la forma de un tecolote, cuyo canto parecía al maullido de un gato rabioso, sus ojos eran de color rojizo y pasó encima de la enferma, en ese momento apareció otro tecolote, el nahual de Xapax y comenzó una pelea como la de los gallos, sopló viento frío y el espíritu maligno se rindió emprendiendo la huida; todos los que presenciaron esto se quedaron atónitos.
El joven con voz firme, sin ningún temor dijo:
-¡No se asusten, ya pasó todo, cuando se despierte mi tía ya estará bien!
Procedieron a llevar a la enferma, sin sentido, a la casa y pasaron la noche en vela.
Al amanecer la enferma despertó, se sentó, movió los pies, se paró, dio unos cuantos pasos, aunque pálida y enflaquecida pero con una cara sonriente y con un pro- fundo agradecimiento abrazó a su sobrino y elevó unas palabras de gratitud a Dios. El joven rezador les dio algunas indicaciones:
t -Traigan a la gallina y algo con que cortarle la cabeza.
Mientras sus primos traían a la gallina empezó a cavar un pequeño hoyo donde había colocado las puntas de pino, cuando se la cortó, la enterró, esto lo hizo para que el mal ya no volviera a molestarlos; después de esto volvieron a su casa no sin antes dejar los regalos que habían preparado, éstos consistían en tortillas, un poco de frijol y unos huevos.
Hasta ahora se acostumbra que cuando las amistades visitan algún enfermo, después del rezo siempre matan una gallina si la enferma es mujer, un pollo si es hombre. Así también se acostumbra cuando alguien nace.
Después de entregar los regalos regresaron a su casa. Al , llegar su papá le preguntó sobre lo qué había aprendido durante el tiempo que estuvo ausente. Él le contó todo tal y cómo lo había visto. En tanto su fama se difundía pues algunas amistades de la tía llegaban a verla y les decía cómo fue que sanó gracias al nuevo curandero que era muy poderoso. En tanto el muchacho enseñaba a su papá cómo rezar para obtener mejores cosechas, le mostraba por medio de la posición astrológica el tiempo de la lluvia y la época de siembra, se cuenta que en poco tiempo abundaron sus ovejas y sus cosechas.
Pero como sucede siempre hay quienes envidian a los que tienen ya los que saben, así que los brujos de la localidad y de otros pueblos llegaban en espíritu a molestarle, unos en forma de tecolote, otros de cabra, de puerco o culebras, pero no les temía pues nadie podía hacerle nada. Al ver que no podían hacerle daño fueron en persona a tratar de matarlo, llegaron de noche a la casa del joven curandero, pero grande fue la sorpresa que se llevaron cuando vieron el enorme tigre junto a la puerta que les acechaba y tuvieron que retroceder para buscar otra forma de atacarlo, pero el joven curandero ya había soñado que lo atacarían y le dijeron que rociara la casa con el aguardiente y el agua que sacó de la cueva, que regara polvo de tabaco en las esquinas y que amarraran unos manojos de ajos en las esquinas de la casa, así lo hizo y cuando volvieron los malos hombres encontraron que la casa estaba totalmente iluminada, se veía como si estuviera incendiada, al ver esto todos regresaron contentos creyendo que el joven curandero ya había muerto calcinado, al día siguiente volvieron para buscar sus restos pero se sorprendieron pues la casa estaba intacta, el curandero no tenía ninguna quemadura. Entonces no les quedó otra alternativa más que ir a visitarle y pedirle disculpas por todo lo que habían pensado hacerle y así evitar que les echara algún mal como castigo.
Cuando llegaron a la casa del curandero, éste los estaba esperando pues de nuevo en sueños le habían dicho que ese día llegarían a humillarse sus enemigos. Antes que pudieran decirle algo los visitantes les dijo:
-¡Pasen adelante!, Los estaba esperando, sé lo que vienen a decirme.
Al oírle los malvados se quedaron callados y se postra- , ron delante de él pidiéndole perdón.
Él les dijo:
-No tengan miedo que no les haré nada solamente les pido que dejen de hacer el mal y procuren hacer el bien.
Fueron muchas las cosas que realizó Xapax y jamás cobró los favores que le pedían, ayudaba con cariño a los pobres, y así pasaron muchos años; por vejez fal1eció EU papá y su mamá, no pudo hacer nada pues era la voluntad de Dios. Él se quedó solo, pero siguió con la labor que se le había asignado.
Por su facultad de ver las cosas fue nombrado consejero de los rezadores en su vejez y enseñaba todos los rezos que aprendió, tales como los de la construcción de una casa, la forma de invocar al dios de la l1uvia, al del amanecer para encomendarse a los protectores, etcétera. Así se difundieron t éstos y en la actualidad todavía se practican.
A partir de entonces, cuando canta una gallina significa que algún miembro de la familia ha de morir y el tecolote es el aviso más común de las enfermedades y problemas como es de saber, todo humano es débil, él también lo fue, le tocaron algunas enfermedades pero no fueron tan graves y él mismo se curaba, bebiendo el agua que sacaba de la cueva. Pero cuando cumplió los cien años, regresó al lugar donde fue en su juventud para recibir el don de curar, sólo que esta vez ya no fue para sacar agua sino para ir a descansar para siempre pues su misión había llegado a su fin.
Al llegar adentro de la cueva, se sentó junto al arroyo y se quedó dormido, al amanecer salió, alzó los ojos al cielo y de repente vino un ventarrón. Después se oyó el cantar de los tecolotes y el aullido de los coyotes sólo que esta vez era triste, pero después se alegraron. Los lamentos se oyeron como un gran coro, él se postró en la tierra y le dijo a Dios:
-Señor, tu siervo se ha cansado, su misión ha llegado a su fin, hazme descansar para siempre y que mi alma encuentre la tranquilidad al lado de los míos.
El canto de los tecolotes no cesaba, estos se habían colocado en los cuatro puntos cardinales, luego se escuchó un trueno y de repente apareció una persona vestida de blanco que se le acercó y le dio la mano y se fue con ella a través de la nube que volvió a salir de la cueva.
No se supo jamás de sus restos, se dice que hasta la fecha, el tecomate, los cuernos de toro y venado quedaron dentro de la cueva convertidos en piedra. Ahora esa cueva es sumamente importante para los rezadores de, los cuales muchos se adentran para invocar a Dios ya sus guardianes.
Esta última parte de cómo desapareció el viejo curandero la soñó otro anciano y con esto se completa la historia.
Se dice que antes de morir llegaron varios coyotes y otros animales que eran nahuales y los roció con el agua, su nahual regresó a la cueva y el tecolote murió, se dice que tiempo después se encontró el resto de aquel enorme tigre y desde ese tiempo no se volvieron a oir más lamentos en ese lugar .
Esta leyenda me la contaron mi papá, Manuel Gómez Huet, quien fue rezador y mi tía que en la actualidad es curandera en el pueblo y ha desempeñado cargos religiosos; la aportación de mi abuela de 101 años de edad, acerca de esta leyenda también fue muy importante.

Pérez López, Enrique (y otros)(comp.) (1994): Cuentos y relatos indígenas. Volumen 5, México: UNAM

El diosero

Fernando Rojas González

KAI-LAN, señor del caribal de Puná, sentado frente a mí toma una graciosa postura simiesca y sonríe amistoso; en sus manos cortitas y móviles, juguetea un bejuco. Estamos bajo el techo de su "champa " erigida en un claro de la selva; en un claro que es islote perdido entre el océano vegetal que amenaza desbordarse en olas crujientes y negras. Kai-Lan escucha, sus ojos se clavan en mi rostro; parece
adivinarme el gesto mejor que entender mis palabras. A veces, cuando mi propósito logra penetrar en el cerebro o en el corazón del indio, él ríe, ríe a carcajadas... Mas a veces, cuando mi relato tórnase grave, el lacandón se pone formal y aparentemente interesado en aquel diálogo en que participa él con algunos monosílabos o con tal o cual frase sencilla, emitida con dificultad.
Las tres mujeres de Kai-Lan están cerca de nosotros, sus tres "kikas". Jacinta, niña casi y madre ya de una indiecita lactante, de cara redonda y cachetona; Jova, una anciana reservada, fea y huidiza, y Nachak'in, hembra en plenitud; su perfil arrogante como un mascarón pétreo de Chichén-Itzá, los ojos sensuales y coquetones, el cuerpo ondulante, aptetitoso, a pesar de la corta estatura y los ademanes sueltos, tanto, que llegan a descocados frente al 1 desabrimiento de las otras dos.
Jova, arrodillada cerca del metate, tortea grandes ruedas de masa de maíz; Jacinta, que carga sobre el brazo izquierdo a su hija, revuelve entre las brasas del fogón un faisán abierto en canal del que sale un tufillo agradable. Nachak'in de pie, metida en su amplio cotón de lana, mira impávida el ajetreo de sus compañeras.
-Y ésa -pregunté a Kai-Lan señalando a Nachak'in- ¿por qué no trabaja?
El lacandón sonríe, guarda silencio unos instantes; con ello da idea de que busca los términos aprpiados para responder:
-No trabaja en el día -dice al fin-, a la noche sí... A ella toca subir a la hamaca de Kai-Lan.
La bella "kika", tal si hubiera entendido las palabras que en castellano me dijo su marido, baja los ojos ante mi curiosa mirada y pliega los labios en una sonrisa terriblemente picaresca. De su cuello robusto y corto, cuelga un collar de colmillos de lagarto.
Fuera de la "champa", la selva, el escenario donde se desenvuelve el drama de los lacandones. Frente a la casa de Kai-Lan, se alza el templo del que él es Gran Sacerdote, al mismo tiempo que acólito y fiel. El templo es una barraca techada con hojas de de palma; sólo tiene un muro, que ve al poniente; adentro, caballetes de rústica talla y, sobre ellos, los incensarios o braserillos de barro crudo, que son deidades doblegadoras de las pasiones, moderadoras de los fenómenos naturales que en la selva se desencadenan con furia diabólica, domadores de bestias, amparo contra serpientes y sabandijas y resguardo opuesto a los "hombres malos" del más allá de los bosques.
Junto al templo, la parcela de maíz cultivada cuidadosamente; matas vigorosas se alzan del suelo más de dos palmos entre las paredes de los hoyancos cavados a "coa"; un lienzo de varas espinudas protege al sembradío de las incursiones de los jabalíes y de los tapires y, abajo, entre lianas y raíces, el río Jataté. El clima es húmedo y tibio.
La voz de la selva, de tono invariable y de intenciones tozudas como las del mar, aquel ruido de enervantes efectos para quien lo escucha por primera vez y que acaba por tornarse, andando el tiempo, en estímulo grato durante el día y en arrullo suave durante la noche, aquella voz nacida de buches de aves, de fauces de fieras, de ramas quebradizas, del canto de las hojas de las ceibas, del ramón y del asesino matapalos que trepa sus tentáctuos abrazados a los corpulentos troncos del caobo, del chicozapote, para extraer de ellos, en provecho propio, hasta la última gota de savia, del chifljdo intermitente de la nauyaca que vive entre las cortezas del chacalté y del ululante alarido del sarahuato, monito grotesco y cínico que retoza su eterna brama pendiente de las lianas o trepado inverosímilmente en las más atrevidas copas. En tal algarabía, apenas si se escucha la palabra de] lacandón que es señor de la selva, al mismo tiempo que el más débil y desposeído entre lo que anima ese mundo de fronda y luz, de estruendo y silencio.
En la "champa" de Kai-Lan, cacique de Puná, aguardo el "taco" que su hospitalidad delicadísima me ha brindado, para continuar mi camino después del refrigerio, por brechas y "picados", entre la masa verde y el pantano, con rumbo al caribal de Pancho Viejo, aquel silencioso, solitario y lánguido caballero lacandón, cuya "champa", huérfana de "kikas", se alza, Jataté abajo, a pocos kilómetros de la heredad de mi huésped actual. Calculo llegar a la anochecida .
Cuando estoy terminando de dar cuenta con la pechuga del faisán, Kai-Lan muestra alguna inquietud; voltea hacia la selva, hincha su nariz en un husmear de bestia carnívora; se pone en pie y sale lentamente. Lo miro cómo interroga a las nubes; después recoge del suelo una varita que eleva entre el índice y el pulgar; por el arco que formnan sus dedos, se mira el sol a punto de llegar al cenit.
Kai-Lan ha vuelto y me hace conocer el resultado de su observación.
-Poco andarás. ..Viene agua, mucha agua.
Yo insisti en la necesidad que tengo de llegar esa misma noche a la "champa" de Pancho Viejo, mas Kai-Lan machaca cordialmente:
-Mira, falta ansinita para el agua -y me muestra la vara a través de la cual observó las nubes.
-Pancho Viejo me espera.
Kai-Lan ya no habla.
Me he puesto en píe, acaricio la cara de la pequeña que se ha dormido en brazos de su madre y cuando me díspongo a salir, gotas enormes me detienen; la tormenta se ha desencadenado. Kai-Lan sonríe al ver cumplido su pronóstico: " Agua... mucha agua."
El rayo brama a poco bajo un techo color de acero que se ha interpuesto entre la selva y el sol; la tormenta se abate sobre las ramazones de los árboles que rascan la costra de nubes. La voz de la selva se acalla para dejar sitio al estruendo de las cataratas. La "champa" se sacude con violencia, Kai-Lan ha vuelto a sentarse junto a mí; estoy sobrecogido ante el espectáculo que por primera vez presencio.
El agua sube a ojos vistas; Jacinta ha dejado a su niña acostada en la hamaca de Kaí-Lan y seguida de Jova alzan sus cotones con inocente impudicia hasta arriba de la cintura y empiezan a levantar un dique dentro de la choza, para evitar que el agua escurra al interior. Nachak'in, la "kika" en turno, distrae su holganza sentada en cuclillas en un rincón de la "champa"; Kai-Lan, con el mentón entre sus manos, mira cómo la tempestad crece en intensidad y en estruendos.
-¿Qué buscas en cá Pancho Viejo? -me interroga de pronto.
Yo, sin muchas ganas de liar la charla, respondo un poco cortante:
-Me va a platicar cosas de la vida de ustedes los "caribes".
-¿Y a ti qué te importa? ¡No hay que meterse en la vida de los vecinos! -dice el lacandón sin tratar de herirme. No contesto. Jacinta ha tomado en brazos a su hijita, la estrecha contra su pecho; en la cara de la joven hay ahora sombras de congoja. Jova, estoica, empieza a destazar un sarahuato enorme; la piel de la bestia, taladrada por una flecha de Kai-Lan, va despegándose de la carne rojiza hasta dejar un cuerpo desnudo, muy semejante en volumen y muy parecido en forma al de la indita mofletuda que llora entre los brazos de Jacinta.
Kai-Lan me ha pedido un cigarrillo al que arranca fumarolas que la ventisca se encarga de disolver en cuanto salen de su boca.
Entre tanto, el cielo no acaba de volver sus odres sobre la selva; las nubes se confunden ya con las copas del chacalté y del chicozapote; un rayo ha partido, como a vil bambú, el tronco de una ceiba centenaria; el fragor nos aturde y la luz lívida nos deja ciegos por instantes.
En la "champa" nadie habla, el pavor supersticíoso de los indios es menor que mis temores de hombre civilizado.
-Agua, mucha agua. ..-comenta al fin Kai-Lan. De pronto, un estrépito prolongado colma nuestra inquietud; es rotundo como el de las rocas al desgajarse, es categórico tal el estruendo de cien troncos de caobo que reventaran al unísono.
Kai-Lan se pone de pie, mira hacia afuera por entre la tupida cortina que descuelga el temporal. Habla en lacandón a las mujeres, quienes ven hacia el punto que el hombre les señala. Yo hago lo mismo.
-El río, es el río -me dice Kai-Lan en castellano.
En efecto, el Jataté se ha hinchado; sus aguas arrastran como pajillas troncos, ramas y piedras.
El lacandón vuelve a hablar a sus esposas; ellas escuchan sin contestar. Jova va hacia el fondo de la "champa" y remueve con sus manos un montón de arcilla seca, al tiempo que Kai-Lan, provisto de un gran calabazo, sale a la tormenta, para regresar a poco; su cabello empapado cuelga lacio hasta abajo de los hombros; el cotón se le pega al cuerpo dándole un aspecto ridículo... Ahora voltea sobre la arcilla el agua que ha traído en el calabazo; las mujeres lo miran llenas de unción; Kai-Lan repite la maniobra una vez y otra; el agua y la arcilla han hecho barro que el hombrecillo amasa. Cuando ha encontrado el punto pastoso y modelable en la arcilla, emprende otro viaje en medio de la tempestad; lo vemos entrar al templo y destruir con furia mística los braseros deidades. Luego que ha terminado con el último, retorna a la "champa".
-Los dioses son viejos. ..ya no sirven -me dice-. Yo haré otro, fuerte y valiente, que acabe con el agua.
...Y Kai-Lan, echado frente al montón de barro, empieza a modelar con insospechada maestría un nuevo incensario, un dios lucido y potente, capaz de conjurar a las nubes que ahora se desprenden sobre el "caribal" y sobre el río.
Las "kikas" han vuelto discretamente las espaldas al hombre, hablan entre sí en voz baja. De pronto Nachak'in arriesga una mirada que Kai-Lan sorprende. El hombrecito se ha puesto en pie, grita roncamente, bate sus manos al aire presa de furores; Nachak'in, vuelta de nuevo hacia la pared y con la cabeza baja, resiste humildemente la reprimenda... Kai-Lan ha deshecho, convulso de ira, la obra casi terminada: Dios ha vuelto a sucumbir en manos del hombre.
Cuando el lacandón se cerciora de que el ojo impuro de las hembras no mancillará la obra divina, intenta de nuevo erigirla.
...Ya está, es un bello incensario de apariencia zoomorfa; un ave barriguda, con el lomo hundido en forma de cazoleta; la figurilla se mantiene enhiesta sobre tres pies que rematan en pezuñas hendidas como las del jabalí. Dos astillas de pedernal brillan en las órbitas profundas. Kai-Lan se muestra muy satisfecho de su trabajo; lo mira de hito en hito, lo retoca, lo pule... Lo aprecia a distancia en todos sus ángulos y acaba por ocultarlo baio el vuelo de su túnica, para salir con él entre la ventisca y con dirección al templo. ..Ya está ahí, lo miro a través del empañado cristal de la tormenta. Entroniza en el caballete al dios flamante, fresquecito aún: echa sobre sus lomos granos de copal y algunas brasas que toma entre dos varas de la hoguera perpetua, que arde en el centro del recinto. Kai-Lan se mantiene en pie, inmóvil, hierático, sus brazos cruzados y la barbilla en alto.
Entre tanto, Jova atiza el hogar que chisporrotea; las llamas alumbran un poco la choza en donde empiezan a cuajarse las sombras. El vendaval sigue entre lamentos de árboles desgajados y estruendo de torrentes; el Jataté se ha tornado soberbio, sus aguas suben de nivel alarmantemente... Ahora amenazan desbordarse, ya chapotean en los ribazos que protegen la milpa. Kai-Lan se ha dado cuenta del peligro; bajo el techo del templo observa inquieto el amago del río; vuelve hacia el brasero, lo carga de nuevo con resina y aguarda. Mas la tempestad no cede, los nubarrones columpian de las cumbres, y dejan caer sobre el "caribal" su sombra. La noche se precipita... Veo la silueta de Kai-Lan ir hasta el ara, tomar al dios entre sus manos, destruirlo y después, presa de furores, arrojar los fragmentos de barro alas lagunetas que se han formado frente a: su "champa"... Dios inútil, dios negado, imbécil
Mas Kai-Lan ha salido del templo, va hacia la milpa; marcha penosamente bajo las aguas, ahora se echa en cuatro pies junto al río, parece tapir que se revuelca entre el fango. Arrastra troncones y ramas, piedras y hojarascas; con todo bordea la sementera; es el suyo un trabajo doloroso e inútil. Cuando me dispongo a ir en su auxilío, él, convencido de la nulidad de sus esfuerzos, retorna a la "champa". Increpa entonces con palabras violentas a las mujeres, quienes voltean de nuevo sus caras hacia el muro de hojas de palma. La niña duerme plácidamente sobre la hamaca, su cuerpecillo regordete yace entre harapos sucios y humedecidos.
Kai-Lan emprende otra vez la tarea.
Y ya tenemos ante nosotros al nuevo dios que ha brotado de sus manos mágicas. Es más basto éste que el anterior, pero menos hermoso. El lacandón lo eleva hasta la altura de sus ojos y lo contempla unos instantes; parece estar muy engreído con su creación. A sus espaldas se escucha el gemido de la niña que despierta quizás al lancetazo de un bicharraco. Cuando Kai-Lan vuelve, se encuentra a la pequeña mirando fijamente al incensario. El lacandón tiene un gesto de impaciencia que a poco se torna en mueca benévola frente a la risa de la criatura. Arroja al suelo el incensario, ya maculado por ojos de mujer y empieza a destrozarlo con sus pies desnudos. Cuando ha consumado la destrucción, llama a voces. Jacinta, sin atreverse a levantar la cabeza, recoge a su hija y la lleva en brazos hasta el muro; saca por entre la manga de su cotón una mama excesiva y prieta, a la que la niña se prende; Jacinta, al igual que las demás "kikas", ha volteado su cara a Kai-Lan, quien no pierde la fe; ahora empieza de nuevo.
El afán puesto en la tarea hace al indio olvidarse de mí, que miro a placer las incidencias que ocurren durante la manufactura de dios... Las manos pequeñitas de Kai-Lan toman fragmentos de lodo, nerviosas bolean esferas, amoldan cilindros o retocan planos; bailan sobre la forma incipiente, atareadas, ágiles, vivaces. Jova y Jacinta, la última meciendo entre sus brazos a la hija, se mantienen en pie dándonos las espaldas. Nachak'in, amurriada tal vez por su frustrado himeneo, se ha sentado con las piernas cruzadas y la cara ala pared; cabecea presa del sueño. En medio de la choza, la lumbre crepita. Es de noche.
Esta vez la fábrica de dios ha sido más laboriosa, diríase que, ante los fracasos, el hacedor pone en la tarea todo su arte, toda su maestría. Modela un cuadrúpedo fabuloso: hocicos de nauyaca, cuerpo de tapir y cauda enonne y airosa de quetzal. Ahora mira en silencio el fruto de sus esfuerzos; ahí está, es una bestia magnífica, recia, prieta, brutal. ..El lacandón se ha puesto en pie; el incensario descansa en el suelo: Kai-Lan se retira algunos pasos para mirarlo a distancia; le ha notado alguna imperfección que se apresura a corregir con sus dedos humedecidos de saliva... Ha quedado, finalmente, satisfecho por completo. Alza entre sus brazos el incensario y cuando se asegura que no ha sido profanado por la mirada de las hembras, sonríe y se dispone a trasladarlo a sus altares. Pasa rozando mis piernas; yo estoy seguro de que en esos instantes no repara en mi presencia.
Las sombras de la noche empapada ya no me permiten ver la maniobra de Kai-Lan en oficio de Sumo Sacerdote; mis ojos apenas si perciben la lucecilla intermitente que arde sobre los lomos de la deidad recién modelada y el parpadeo angustioso de la hoguera perpetua alimentada con leños húmedos.
Mientras tanto, Jova ha montado un ingenio de varas cerca del fogón; de él pende el sarahuato para asarse al rescoldo; el aspecto del cuadrumano es pavoroso; la cabeza caída sobre el pecho parece gesticular; sus miembros retorcidos me recuerdan imá- genes de mártires, de hombres mártires sometidos a la tortura por su santidad o... por sus herejías. Los granos de sal que salpican la carne estallan con leve y enervante chasquido, al tiempo que la grasa escurre para dejar negro y enjuto al cuerpecillo antropomorfo.
Jacinta, echada de rodillas frente a un cacharro barrigudo, extrae el maíz que deposita en el metate, la niña duerme en una estera tendida al alcance de la madre.
Nachak'in, que ve pasar yerma su noche de amor, se ha tirado en la hamaca donde revuelve sus ansiedades; las piernas, torneadas y pequeñas, cuelgan en inquietante balanceo.
De pronto, viniendo de allá de la milpa, se escuchan voces. Es Kai-Lan. Jacinta y Jova atienden en el acto al llamado; las dos "kikas" salen entre la borrasca y van hacia donde el esposo las requiere. Nachak'in apenas si se incorpora para verlas partir; bosteza, distiende sus brazos sobre la "cabeza" de la hamaca y hace algunos movimientos elásticos de bestiecita en celo.
Miro hacia el sembradío; Kai-Lan debajo de una ceiba opulenta sostiene entre sus manos una tea, cuya flama desafía sorprendentemente al ventarrón ; las mujeres se debaten entre el barro en pelea furiosa contra el agua que ya ha rebasado el pequeño bordo que la contuvo; ahora las primeras matas de maíz están anegadas. Corro a prestar auxilio a las mujeres. A poco me hallo hundido hasta la cintura en el lodo y comprometido en la lucha de los lacandones. Mientras Jacinta y yo acercamos piedras y fango, Jova levanta un vallado que más tarda en alzarse que en ser arrastrado por la corriente. Kai-Lan grita en lacandón palabras fustigantes; ellas redoblan sus esfuerzos. El hombre va y viene bajo el enorme paraguas de la ceiba; en alto la antorcha, nos manda sus débiles fulgores. Llega un momento en que la agitación de Kai-Lan es irreprimible. Deja la tea sostenida entre dos piedras y va hacia la choza del templo, penetra en ella y nos abandona empeñados en nuestros estériles esfuerzos... Jacinta ha resbalado, el agua la arrastra un trecho; Jova logra pescarla por la melena y con mi ayuda sacarla del trance. Un enorme tronco que flota en las aguas barre totalmente nuestra obra. ..La riada se desborda ya en arroyuelos que hacen charcas al pie de las matas de maíz. Nada hay que hacer; sin embargo, las mujeres siguen en empeñosa pugna. Cuando yo estoy a punto de marcharme materialmente rendido, noto que la tormenta ha cesado. ..Como llegó se fue, sin aparatos espectaculares, de improviso, tal como se presenta o se ausenta todo en la selva: la alimaña, el rayo, el viento, el brote, la muerte...
Kai-Lan sale del templo, lanza alaridos de júbilo. Nachak'in se asoma por la "champa" y festeja con sonrisas el contento de su hombre. Nosotros regresamos al jacal.
Nachak'in mira, sin hacer nada por evitarlo, cómo el cuerpo del sarahuato se chamusca, se carboniza; una nube negra y hedionda hace irrespirable el ambiente; la niña solloza rendida de llorar.
Las mujeres al ver mi traza ridícula ríen; estamos encenegados de pies a cabeza.
Trato de limpiar el fango de mis botas. Kai-Lan, me tiende un calabazo lleno de "balché", aquella bebida fermentada ritual de las grandes ocasiones. Bebo un trago, otro y otro... Cuando alzo el codo por tercera vez, noto que amanece.
Kai-Lan está a mi lado, me mira amablemente. Nachak'in se acerca y trata de echar, lúbrica y pro-vocativa, un brazo al cuello del hombrecillo; él la separa delicadamente, al tiempo que me dice:
-Nachak'in ya no, porque hoyes mañana.
Luego llama con suavidad a Jova; la anciana viene sumisa hasta el hombre; él la toma por la cintura y así permanece.
-Hoy no trabaja de día la Jova... A la noche sí, porque a ella toca subir a la hamaca de Kai-lan.
Después, con palabras breves y cortadas, habla a Nachak'in, quien se ha separado un poco del grupo. La bella e imperiosa, ahora dócil y humilde, va hasta el fogón para ocupar el sitio que dejó Jova, la "kika" en turno.
Me dispongo a partir; regalo a las mujeres unos peines rojos y un espejo, ellas agradecen con sonrisas blancas y anchas.
Kai-Lan me obsequia con un pernil de sarahuato que se escapó de la chamusquina. Yo correspondo con un manojo de cigarrillos.
Salgo hacia el "caribal" del caballero Pancho Viejo. Kai-Lan me acompaña hasta el "picado". Cuando pasamos frente al templo, el lacandón se detiene y, señalando hacia el ara, comenta:
-No hay en toda la selva uno como Kai-Lan para hacer dioses. ..¿Verdad que salió bueno? Mató a la tormenta. ..Ve, en la pelea perdió su bonita cola de quetzal y la dejó en el cielo.
En efecto, prendido a la copa de un "ramón", el arco iris esplende...

El hombre

Juan Rulfo

( de El llano en llamas, 1953)


Los pies del hombre se hundieron en la arena dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal. Treparon sobre las piedras, engarruñándose al sentir la inclinación de la subida; luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.
“Pies planos —dijo el que lo seguía—. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan fulanos con estas señas. Así que será fácil.”
La vereda subía, entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres. Parecía un camino de hormigas de tan angosta. Subía sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allí y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.
Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin: “No el mío sino el de él”, dijo. Y volvió la cabeza para ver quién había hablado.
Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración: “Voy a lo que voy”, volvió a decir. Y supo que era él el que hablaba.
“Subió por aquí, rastrillando el monte —dijo el que lo perseguía—. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. Eso lo perderá.”
Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. E1 cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia los matojos con el machete: “Se amellará con este trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”.
Oyó allá atrás su propia voz.
“Lo señaló su propio coraje —dijo el perseguidor—. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca... Eso sucederá cuando yo te encuentre.”
Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo, medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró la casa enfrente de él, de la que salía el último humo del rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y le lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.
E1 que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.
“No debí matarlos a todos —dijo el hombre—. ”Al menos no a todos”. Eso fue lo que dijo.
La madrugada estaba gris, llena de aire frío. Bajó hacia el otro lado, resbalándose por el zacatal. Soltó el machete que llevaba todavía apretado en la mano cuando el frío le entumeció las manos. Lo dejó allí. Lo vio brillar como un pedazo de culebra sin vida, entre las espigas secas.
El hombre bajó buscando el río, abriendo una nueva brecha entre el monte.
Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vuelta sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La hiedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.
El hombre encontró la línea del río por el color amarillo de los sabinos. No lo oía. Sólo lo veía retorcerse bajo las sombras. Vio venir las chachalacas. La tarde anterior se habían ido siguiendo, el sol, volando en parvadas detrás de la luz. Ahora el sol estaba por salir y ellas regresaban de nuevo.
Se persignó hasta tres veces. “Discúlpenme”, les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso. Se defiende aunque se haga a la resignación y el machete estaba mellado: “Ustedes me han de perdonar”, volvió a decirles.
“Se sentó en la arena de la playa —eso dijo el que lo perseguía—. Se sentó aquí y no se movió por un largo rato. Esperó a que despejaran las nubes. Pero el sol no salió ese día, ni al siguiente. Me acuerdo. Fue el domingo aquel en que se me murió el recién nacido y fuimos a enterrarlo. No teníamos tristeza, sólo tengo memoria de que el cielo estaba gris y de que las flores que llevamos estaban desteñidas y marchitas como si sintieran la falta del sol.”
“E1 hombre ese se quedó aquí, esperando. Allí estaban sus huellas: el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de su cuerpo abriendo un pozo en la tierra húmeda.”
“No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre. Por allá hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que yo llevo. Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento. Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después. Así ahora, aunque no quiera, tengo que tener alguna señal. Así lo siento, por el peso, o tal vez el esfuerzo me cansó”. Luego añadió: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales... Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”
“Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí —dijo el que iba detrás de él—. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues.”
“Este no es el lugar —dijo el hombre al ver el río—.“Lo cruzaré aquí y luego más allá y quizá salga a la misma orilla. Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca”.
Pasaron más parvadas de chachalacas, graznando con gritos que ensordecían.
“Caminaré más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede devolverme a donde no quiero regresar.”
“Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos”.
Oía su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca. La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido.
¿Por qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría burlando de él. O tal vez no. “Tal vez esté lleno de rencor conmigo por haberlo dejado solo en nuestra última hora”. Porque era también la mía; era únicamente la mía. É1 vino por mí. No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, José Alcancía, frente a él y frente a ti y tú nomás llorabas y temblabas de miedo. Desde entonces supe quién eras y cómo vendrías a buscarme. Te esperé un mes, despierto de día y de noche, sabiendo que llegarías a rastras, escondido como una mala víbora. Y llegaste tarde. Y yo también llegué tarde. Llegué detrás de ti. Me entretuvo el entierro del recién nacido. Ahora entiendo. Ahora entiendo por qué se me marchitaron las flores en la mano.”
“No debí matarlos a todos —iba pensando el hombre—. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote; aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara... Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa es encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”
El hombre entró a la angostura del río por la tarde. E1 sol no había salido en todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.
“Estás atrapado —dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río—. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.”
E1 hombre vio que el río se encajonaba entre altas paredes y se detuvo. “Tendré que regresar”, dijo.
E1 río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.
“Hijo —dijo el que estaba sentado esperando—: no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora”. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo. ¿De qué sirve explicar nada? No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con él. “No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”
El hombre recorrió un largo tramo río arriba.
En la cabeza le rebotaban burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con su estertor, por eso me di prisa.” “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.


Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de sus pantalones.
Lo vi desde que se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebasó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aire y estaba nublado.
Me estuve asomando desde el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.
Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujerados. vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura, huérfana.
Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar mis borregos, cuando lo volví a ver con la misma traza de desorientado.
Se metió otra vez al río, en el brazo de en medio, de regreso.
“¿Qué traerá este hombre?”, me pregunté.
Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó zangoloteándolo como un reguilete, y hasta por poco y se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá a bajo, echando buches de agua hasta desentriparse.
Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.
Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría el remordimiento.
Ya lo decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Sólo soy un cuidador de borregos y hasta sí usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí bien tieso. Usted ni quien se lo quite que tiene la razón.
Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.
La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡De haberlo sabido!
Lo vi venir más flaco que el día antes con los huesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.
Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre.
Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva.
Se me arrimó y me dijo: “¿Son tuyas esas borregas?” Y yo le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.
No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más hobachona de mis borregas y con sus manos como tenazas le agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle creolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fueran a infestar los mordiscos que el hombre les había dado.
¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.
Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.
Y al otro día se volvió a aparecer. Al llegar yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.
Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le fallaban las piernas: “Camino y camino y ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros.” Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos. Eso me dijo. ¿Dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi? De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de mis borregas.
Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos.
Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.
Y estaba reflaco, como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó en las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los huesos hasta dejarlos pelones.
“El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.
Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.
Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no se nada. ¡Con decirles que se comía mis mismas tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!
¿De modo que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ahora sí. ¿Y dice usted que me va a meter a la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco del río está un difunto. Y usted me alega que desde cuándo y cómo es y de qué modo es ese difunto. Y ahora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ahora sí.
Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado el modo de hacerlo perdidizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino. Él sólo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.
Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; pero era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.
Yo no voy a averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.

Sor Juana Inés de la Cruz

HOMBRES NECIOS QUE ACUSÁIS...Redondillas


Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasiónde lo mismo que culpais:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistenciay luego,
con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,

al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdéntenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada?
Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la aficiónde la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

Chac Mool

[Cuento] Carlos Fuentes (Del libro de relatos Los días enmascarados, 1954)

Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.

Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.
Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.

“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”

“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?... figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.

“Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.

“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch...”

“Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.

“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.”

“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.”
“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”
“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.”
“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.”
“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”
“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.”
“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”

“Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada... Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”

“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”
Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:

“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real... pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo... Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?... si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?... Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir... No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.
“Casi sin aliento, encendí la luz.

“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.”

Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:

“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, ‘...un gluglú de agua embelesada’... Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.

“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.”

“Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.”

“El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta... Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.”

“Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atrevía a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”

“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas... Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”

“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo..., es posible que desee matarme.”

“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.”
Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.

Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
-Perdone... no sabía que Filiberto hubiera...
-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
FIN

1. Deidad azteca de la lluvia.
2. Filiberto no explica en qué lengua se entendía con el Chac Mool.

Emiliano Pérez Cruz

YA SOMOS MUCHOS EN ESTE ZOOLÓGICOPara Arturo Olvera

-Ese cabrón no escarmienta -señaló Hermano Burris hacia la bocacalle. Acodado sobre el mostrador, insistió y los clientes vieron a Mapache cruzar la calle una y otra vez, vestido con uniforme de futbol y maleta deportiva a la espalda.-Un día, o se ahoga en cualquier charco o en su propia basca -dijo Pelón Águila.-No te creas: para los años que lleva en la briaga, se sabe cuidar... Míralo, nomás se va de una banqueta a otra, parece papalote coleando -agregó Tío Ñandú.
Chanate, hermano mayor del Panda -emboscado en un zaguán, en cuclillas-, también lo vio pero no detuvo las profundas inhalaciones a su estopa.
Los perros, enardecidos, no daban reposo, pero Mapache -a las diez de la noche de ese domingo- arribó por fin a su destino: el expendio de cerveza. Se aferró a uno de los postes que sostenían el tejabán; el agua de lluvia le escurría por el rostro.
-¡Utos perros, me querían tragar, Hermano Burris...! Pero ¡mocos! Sus patadas... Uno se acercaba y ¡cernia! Utos perros... Como me ven, me tratan, pero ¡mocos, mocos y mocos, me cae! Dame una cerveza para el mal sabor de boca... bien fría -balbuceó Mapache.-¡Ni una más! -gritó desde la trastienda Alondra, la esposa del Hermano Burris-. Hasta que no pague lo que debe.-Chale-chale... Si por eso fundé El Barzón de Chupamaros -refunfuñó Mapache.-Ya debería dejar el trago: la Marta ya va a ser abuela y usté, malgastando su dinero, sigue en el agua, ¿pus qué gana con eso? -dijo don Leoncio y echó el sombrero de palma hacia atrás para dar un sorbo a su cerveza.-Niguas... Hasta que ella me haga caso...-¡Quítate el uniforme, denigras al equipo de la colonia! -embromó Tío Ñandú. Don Leoncio hizo segunda:-Deveras, Mapache: anda y duérmete, ya estás como querías.
Sobre el tejabán, el tamborileo de las gotas de lluvia se incrementó. En la calle, ni un alma. Tras las rejas del expendio, Hermano Burris se atusó los enormes bigotes. Mapache soltó la maleta con el escudo de los Pumas y se repantingó sobre el tronco de árbol que servía de asiento a los consumidores.
Bajo la marquesina del zaguán, Chanate inhalaba; de cuando en cuando extraía de su chamarra una charrasca de acero y la frotaba contra la banqueta.-¿A poco todavía juegas fut, mi Mapas? A tus cincuenta, todavía aguantas, aunque sea echando porras, abrazando postes y deteniendo paredes tan briagas como tú -pinchó Pelón Águila.-Juego y chupo... hasta que Martita me haga caso... Ya se cansará de ser madre soltera... O abuela soltera... Porque a la Ave, después de su fiesta de quince años... empezó a crecerle la panza... A mí me dijo Martita: fue el Panda... Lo busqué al chamaco y ¡mocos, pum-pum-pum, mocos, culero! Pa’ qué se ponchó a la Ave.
Tío Ñandú, contrito, le soltó:-Lo mandaste al hospital con los güevos reventados.-Eso no está bien, Mapache, digo yo -agregó Águila y puso el envase sobre el mostrador-: deme otra, para ir a dormir sabroso.-Querías hacer méritos, Mapache, pero te pasaste: dicen que mañana capan al Osito Panda -le agregó al chisme don Leoncio.-Está bien... Ya somos muchos en este zoológico... Con un garañón menos, nos tocan viejas de a más -balbuceó Mapas. La cabeza se le iba de un lado a otro, sin control-. Oiga, Alondra... Apúnteme en el hielo la última chela... Hazme la balona con tu domadora, Hermano Burris... La última y ya me duermo... Es más... aquí me duermo... ya no le caigo al cantón.-La última, que conste; para todos, porque hoy toca operativo policiaco; si pasa la ley orita, me multan y ustedes calientan concreto; ya vamos a cerrar.
Cada quien apuró sus cervezas y se despidió. Mapache ni siquiera probó la suya. Clavó la barbilla sobre el pecho y en segundos sus ronquidos poblaron la solitaria calle.
El hermano Burris cerró el establecimiento y con Alondra del brazo enfilaron rumbo a su casa.-Siquiera le hubieras quitado el envase, lo va a romper -dijo ella, pero no obtuvo respuesta.
Chanate se incorporó, inhaló profundamente de su estopa y caminó hasta el tejabán; recogió el envase, intacto el líquido. Mapache roncaba. Del sueño pasó al desmayo.
-¿Oíste? -dijo Alondra.-Bah, tres varos menos de ganancia por una botella rota -respondió Hermano Burris y añadió-: apúrale o nos empapamos.
Chanate limpió con la estopa su charrasca de acero e inhaló, inhaló, inhaló.
Desde la bragueta de Mapache escurrió sangre, comenzó a gotear sobre la banqueta. Aún con la estopa sujeta a la nariz, Chanate exhaló y se fue, trastasbillante.-Con dos garañones menos, nos tocan de a más rucas, ¿no mi Mapas? -dijo y apuró el paso.


GALLOFERO

Emiliano Pérez Cruz

I

El sol iniciaba su descenso cuando inició la lluvia. Rodrigo alias el Ronco Rugidor, amodorrado, escuchó cuando el primer automóvil se detuvo justo frente a la entrada de la casa. Contuvo la respiración hasta que el silencio invadió sus oídos y le incrustó un zumbido pertinaz que huyó al sacudir la cabeza.

Entonces estiró la mano hasta la botella de ron que yacía sobre el buró metálico, y vertió un chorro en el vaso que antes volcara sobre el piso de cuadrados rojos surcados por hilillos verdosos de cemento.

A su lado, Airamaná sonreía entre sueños, desnuda, con el cuerpo curvado presionando contra el suyo y el brazo alargado para que él descansara la cabeza. Distendió los sentidos mientras daba un gran sorbo al líquido transparente de sabor dulzón con aroma a limón pasado, que se desparramó por su estómago proporcionándole de inmediato calor a su cuerpo.

Escuchó murmullos de voces, pero por más que aguzó el oído le fue imposible distinguir lo que decían. Se levantó y fue hasta la repisa donde tenía una cajita de hojalata con cigarrillos de mariguana; cogió uno y lo humedeció con la lengua a todo lo largo.

Frotó un cerillo en el costado de la cajetilla y en la penumbra de la habitación su rostro se incendió. Airamaná se agitó en el lecho, solitaria. Ronco Rugidor aspiró el humo y lo contuvo en sus pulmones hasta que la impresión de que la masa encefálica le estallaría y desparramaría por las orejas y por los ojos, le asaltó. Entonces exhaló.

La lluvia volvió tenue, sigilosa, produciendo un murmullo, casi un ronroneo sobre los vidrios de la ventana. Airamaná lanzó un largo suspiro; su piel color tabaco constrataba con el tono pálido, desvaído, de Rodrigo, que volvió sobre sus pasos y se tendió nuevamente en el camastro junto a Elú, la gata siamesa de Airamaná que estiraba sus miembros, mostrando las afiladas garras.

Con gesto indolente, Rodrigo recorrió la lengua húmeda sobre el cigarrillo y lo llevó hasta sus labios gruesos, amoratados, resecos ("tienes boca de mangana", decía su abuelo; "tienes labios de hígado", decía su madre); paladeó el humo, fijando la vista en la espiral blanca que se hacia invisible al topar con el techo de asbesto.

Su mirada fue a dar hasta los ladrillos desnudos donde había colgado aquel dibujo pirograbado en triplay de pino que la Niña le obsequió el día en que abandonó el penal; era un muñequito de la tira "Amor es...", pero vestido con traje de presidiario, a rayas. El texto al pie del dibujo decía: "Amor es...no ser tan res". Puntadas de la Niña: no ser tan res, no ser tan bestia, tan animal como para dejarse atrapar y permanecer tras las rejas.

"¡Qué de volón se pasa el tiempo!", pensó y enseguida pegó un brinco y se descubrió sentado a la orilla del lecho. "Qué güey", sonrió, "clarito sentí que había gritado; chida esta motita... Chida".

Volvió a chupar la punta del pitillo y se inclinó sobre la radiograbadora para acionarla. Las trompetas de la Sonora Santanera se desparramaron por todos los rincones de la habitación; soltó el humo y tarareó acompañando la voz que la bocina arrojaba:

Todo México me ha visto
calle arriba y calle abajo;
por doquiera te he buscado
en mi desesperación...

La gata se levantó y fue a pulir sus uñas en la pata del ropero de lunas resquebrajadas que ocupaba la mitad de la pared; el ruido que producía hizo que Ronco Rugidor evocara el banco de carpintero donde alguna vez trabajó en la cárcel: un serrote cortando una tira de oyamel, una lija devastando la cabeza de un tornillo, la lija puliendo la cara de un entrepaño...

Camino por Narvarte,
la Viga y Coyoacán,
mi anhelo de encontrarte
me lleva al Pedregal.

Te busco por Guerrero,
la Villa y Tizapán,
por la colonia Obrera
y no te puedo hallar...

Elú se pasea por el cuarto, la cola enhiesta; corre a ocultarse bajo la cama cuando el segundo auto (motor fuera de tiempo, petardos por el tubo de escape) anuncia su llegada.

-Qué se me hace que va a haber movida -exclama Ronco Rugidor como si lo hubiese pensado y va hasta la ventana; intenta mirar hacia el exterior a través de la cortina troquelada; le obstaculiza la vista la cerca de tabiques cuatrapeados (uno sí, uno no), pero no lo suficiente como para advertir la presencia de un vehículo blanco y otro azul marino frente a la casa.

-¿Qué transa con éstos, qué traerán? -exclama para sí y se dirige hasta el ropero donde tiene la escuadra calibre 45; la toma y vuelve a la ventana, con la piel chinita por el frío que ya se desató.

No alcanza a distinguir cuántos hombres permanecen en el interior, pero sí ve bajar a uno de ellos y dirigirse al auto, inclinarse sobre la ventanilla y volver a su lugar.

Los motores se ponen en marcha y los dos vehículos parten por donde llegaron.

-Quieto Nerón, no te me pares de uñas que nada pasó -se consuela y coloca la pistola sobre el buró. Airamaná entreabre los ojos y el corazón le brincotea a Ronco Rugidor como conejo desollado en vida; de la entrepierna de ella emana un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas...

Ronco Rugidor lo capta al vuelo mientras, a lo lejos, el motor de los autos regurgita hasta perderse en el miserable caserío. En la grabadora llega el turno de Bienvenido Granda y su cadenciosa voz:

Ay, vuela-vuela, pajarito
anda, llévame a tu nido
Ay, pajarito, pajarito...

Ronco Rugidor aprovecha para alucinarse seis meses atrás, en la calle, a las puertas del penal, recién liberado, valiéndole que Airamaná le sonría desde el centro del lecho, cálidamente, mostrando la dentadura blanca y los hoyuelos que se generan en sus mejillas, y diciéndole:

-Te quiero mucho, negrito, bola de chapopote masticado.

Ronco Rugidor no puede evitar que la risa fluya desde el corazón para desgranarse sobre de Airamaná como cascada de mariposas que al aletear sobre el cuerpo desnudo de ella le enchinan la piel y le erectan los pezones, oscuros como fresas hartas de sol.

Ariramaná, feliz de la vida, no advierte que él no ríe para ella, ni con ella, como tampoco percibe que al apretarse más a su lado y poner la mano que antes descansara junto a sus senos, en el miembro de Ronco Rugidor (ahora con el prepucio arriscado, dejando al descubierto el glande violáceo), éste no responde al tacto ni a la voz que le pide:

-Negrito sandía, dime muchas, muchas picardías. O ya verás. O ya verás...

Porque con todo y risa, Ronco Rugidor está instalado (ay, vuela-vuela pajarito) a media banqueta de la avenida que pasa frente al penal, en una tarde citadina cuyo sol le entra a borbollones por las pupilas; el fulgor le impide ver. Cómo no, si minutos antes, en las oficinas del penal, todo era luz artificial o rayos solares tan prisioneros como él, como la Niña, como todos los demás, los carceleros incluidos.

Ronco Rugidor se encuentra de pie en la calle, deslumbrado por la luz que le brinda un sol que no es el mismo de allá dentro, porque aquél no ilumina a los autos (escasos a esta hora canicular), que ignoran (sus tripulantes) al recién liberado, quien no da crédito -porque así se lo propuso- al hecho de encontrarse fuera de las rejas, de frente al parque; no da crédito.

Prefiere creer que se encuentra en otra sala de la prisión, en un sitio del que nunca nadie le habló, por oscuras razones; una sala para torturar a los prisioneros haciéndoles creer que están libres; y los vehículos, escasos a esa hora del día en que la atmósfera se derrite sobre el asfalto, no eran más -según él- que una escenografía, una película proyectada sobre aquella película (la que muestra el parque) donde macilentos escuincles suben por una escalerilla para lanzarse al tobogán y enseguida adueñarse de columpios y subeybajas y pasamanos, escurriendo gruesas gotas de sudor negruzco a la hora de echar maromas sobre aquella raída alfombra de pasto verde que no podía ser, según la lógica que la cárcel le había impuesto, más que producto de otro verdor: el de la mariguana, que pese a todo su poder nunca le hizo olvidar el lema: "Ver, oír y callar, si las quieres cotorrear".

Ronco Rugidor veía, oía... callaba.

-Que se rían a mis costillas -pensaba-. Que crean que creo me dejaron libre nomás para que Airamaná me canturree: "Negrito sandía, dime muchas picardías... o ya verás..."

Ahora ya sabe que está libre y con ella a su lado, desnuda y desperezándose, pero hacía seis meses no lo creyó, a pesar de que se sintió sofocado al tomar de encima de su litera la boleta donde se le comunicaba su libertad, puta madre:

-¡Libre, libre, libre-libre-libre! -gritó al terminar de leerla y ante el regocijo tristón de la Niña y del Deivid que le escuchaban el corazón desbocado, y le ofertaban un toquecín de mariguana:

-La bachita aunque sea, mi buen, nomás la bachita puedo ofertarle ora que se nos va, porque ya ve que orita anda gruexa la resaca, pero pus ai le va, como despedida, mi Rugidor, porque pus ya sabe: quién nos garantiza que usted y yo, ambos dos, volveremos a vernos allá en la jaula grande, chanchota, chanchísima, que es la calle.

Y entonces a Ronco Rugidor le temblaron las piernas, las rodillas le entrechocaron y luego, ya de salida, ni siquiera sintió el peso de aquella bolsa que le entregaron, la misma en que siete años atrás quedaron, tan prisioneras como él, sus escasas pertenencias: la camisa, el pantalón, los zapatos todavía con lodo de la colonia; ni siquiera, afuera ya, recordaba que se había desnudado en la celda para ponerse un pantalón color caqui, unos calcetines de costura en la punta de los dedos, y una camisola de manga corta del mismo color que el pantalón.

Tom-tamtam-tom: Bienvenido Granda, el Bigote que canta y la grandiosísima Sonora Matancera están ahí, con él volcado en sus recuerdos, diciéndose como seis meses antes que no es cierto, es mentira, es pura piña: no estoy libre, es una finta y ahorita vienen por mí. Aunque no lo deseaba.

Por eso, cuando sintió una mano posándose sobre su hombro, todo su ser se hundió: ya estuvo, de nuevo p’atrás, si estaba convencido de que aquella boleta, aquella despedida de sus cuates, el toque que le ofertó el Deivid, el llanto de la Niña y el dibujo pirograbado, eran pura falsedad, mentira que me fueran a dejar libre, nomás me cotorrearon, ¡me la hicieron gacha, ésos, éééssooosss pinchiiis culeeerooos ojeeeteeesss, jijos de su puta madre: nunca voy a salir de aquí, nunca he salido y por eso chinguen todos a su madre, al fin que ni quería!

Y los autos siguen pasando por su memoria, frente a la avenida, cuando Airamaná lo saca, lo desconecta del alucine mariguanero, lo devuelve al cuarto donde Elú lo mira con sus profundos ojos grises:

-¡Qué te pasa, negrito: qué te pasa! -le grita sacudiéndolo, afianzándolo por los hombros.

Ronco Rugidor suda, tembloroso mira hacia el cielo raso, el humo del cigarrillo es bola de billar que rebota por todas las bandas hasta detenerse, y entonces pasa la diestra por su frente sudorosa y sonríe explicando:

-¡Uta madre, me puse hasta atrás! -y se inclina nuevamente sobre la grabadora, bota la cinta y coloca otra con boleros y cumbias-. Me puse a flotar, reinita, no te aflijas. Ya estuvo, orita me aliviano.

Entonces Airamaná se levanta:

-Qué susto me pegaste, malvado negrito -dice y se dirige al baño cuya puerta da a la recámara. Elú juguetea con las barbas de la colcha roja que cuelgan al pie de la cama. Los últimos rayos del sol vuelven bochornosa la atmósfera de la vivienda.

II

Mientras se sirve otro trago, Ronco Rugidor escucha orinar a Airamaná, y se imagina que el torrente ámbar le cubre el alma de cálido placer. Empina el contenido del vaso y en su cerebro (caja de ecos, ecos, ecos) la escucha pidiéndole que encienda el boiler para darnos un baño calientito, y él accede y se va respondiendo orita voy, bolita de luz de luna que sale de día, y al paso da un trago a pico de botella y saborea el sabor dulzón del ron y sale al patio.

-Abre las llaves para ver si no te falta agua -grita sin importarle que la llovizna perle su cuerpo desnudo.

-Pon la bomba del agua, porque me cae pura caliente -grita Airamaná, y él obedece. Y se queda viendo la flama del calentador de gas, lelo, hipnotizado.

III

En el punto donde la llama es más roja aparece su padre, Ezequiel: entra a la casa donde crecieron Rodrigo y sus hermanos, seguido por dos agentes judiciales que le apuntan al muchacho con sus armas, mientras el que seguramente los comandaba le ponía a él, Rodrigo, diecisiete años, la punta de una escuadra calibre 38 súper en la columna, diciéndole:

-Eso, eso: así queríamos agarrarte pichoncito: limpiándote la cara. Pero levanta las manos, porque el resto de la mugre se te va a quitar allá adentro, jijo de la chingada, y eso quién sabe, porque lo puerco ya lo trae uno de nacencia.

Los acompañantes del policía decidieron cachearlo sin separar el revólver de sus vértebras, y sin cesar de hablar, como si temieran el silencio, le ordenaron: que abras las patas, güey, y Rodrigo (ya para entonces Ronco Rugidor) hizo el intento de quitarse la espuma del jabón que le escocía los ojos...

Ahora, el sol que le impedía reconocer el rostro de quien le sujetaba el hombro: su abuelo, quien de pie ahí, en la calle, lo esperaba desde hacía tres horas.

Pero Rodrigo ni se acordaba de él, tan empeñado estaba en descubrir y no sorprenderse por las triquiñuelas de los celadores, quienes seguramente lo arrastrarían aunque no escuchara orden alguna qué obedecer, pero para qué, si ahí estaba la mano sobre el hombro, y el recuerdo de Ezequiel tratando de sostenerse en pie, increpándolo con notables señas de embriaguez:

-Si te lo dije, hijo de la chingada, que ibas a terminar mal -azuzando a los agentes que más se envalentonaban y le descargaban puntapiés en las espinillas sin hacer caso a los ruegos de doña Juana, su madre, que trataba de detener los golpes diciendo:

-Pero si él no ha hecho nada malo, se los juro por la Santísima Virgen que está de testigo -y hablando y jurando hacia lo posible por enjaretarle una camisa, la misma que a la salida del penal le darían prisionera en una bolsa de supermercado que alguien, tan anónimo como los que serían sus compañeros de crujía, le proporcionó antes que cambiaran sus ropas de calle por el uniforme de la prisión.

IV

Alguien, melodiosamente, le ordena con tono de sugerencia:

-¿No quieres tallarme la espalda, negrito?

Y Rodrigo alias Ronco Rugidor, contesta:

-Va, va, guan moment plis, cosita.

Cosita. La palabra queda suspendida, y a ella le agrega: Cosita, si supieras el susto que me paró el abuelo; la desconfianza fue desapareciendo: total, si voy de nuevo para adentro, ¿cuál es el pedo?

Eso piensa y le da valor para reconocer el brazo que lo aprisiona, y siente que desfallece cuando por fin la luz le trae el rostro del abuelo, nada era mentira, ¡voy con la libre! ¡Abuelo, abuelo, qué bueno que vino! Y el abuelo, apesadumbrado, con sendas lágrimas en los ojos al tiempo que retira la mano de su hombro y agacha la cabeza diciendo:

-Ay muchacho, ay muchacho, quizá comparando el recuerdo que tenía de su nieto el mayor cuado ingresó a la cárcel, con esta presencia que sigue siendo del mismo hombre pero más embarnecido; no, viéndolo bien no es el mismo que al entrar en el penal no acabalaba los dieciocho años, pero igual ingresó con los adultos: cuál tribunal para menores.

El viejo no dice nada, sólo se le ocurre estrujar el sombrero de palma con sus manos callosas y entonces, sólo entonces, Rodrigo (el Ronco Rugidor que con otros siete de su misma edad fueron apañados, poco a poco, paso a pasito), Rodrigo abandona los recuerdos y reacciona al grito:

-Prieto cambujo, ¿qué esperas para meterte al agua? No le tengas miedo.

-Ja, Cosita. ¿Miedo yo, miedo al agua? Ja... -exclama Ronco Rugidor y corre a reunirse con ella bajo la regadera.

V

Cuando dio vuelta a la esquina, Ronco Rugidor sintió que las piernas se le aflojaban. Estaba cerca de su casa y la doble sensación de vacío y deslumbramiento persistía. Por si fuera poco, la congoja ascendió hasta formarle una burbuja amarga y reseca en la garganta. El polvo de la calle se levantaba a cada paso, volvía pardo su calzado, tosco y barato pero nuevo, obsequio del abuelo, único familiar que fue a recibirlo.

El abuelo Venado, en siete años devastado por siete años. En el rostro arrugado destacaban sus ojos negros de perro triste y el gran bigote ahora entrecano. Como siempre, mantenía las mandíbulas apretadas. Vestía una raída chamarra y pantalón de mezclilla azul marino, playera blanca y sombrero de palma. Pero todo el conjunto le quedaba holgado, como si pendiera de una percha.

Quién sabe cuántas horas llevaría en pie ahí, firme a la salida del penal, y las arrugas -que parecían trazos de gis blanco sobre la piel oscura- destacaban con la luz del rojizo sol del atardecer.

-Toma -dijo Venado-. Si quieres vamos a buscar un guáter público para que te cambies. Acabo de ver unos aquí, atrasito -y le tendió una cajita de cartón; Ronco Rugidor, a su vez, le entregó la bolsa de papel en la que llevaba sus escasas pertenencias: un cristo de papel maché, un dibujo pirograbado con la frase: "Amor es... no ser tan res", un cenicero con la bahía de Acapulco impresa a todo color en el fondo de cristal, un ejemplar del Nuevo Testamento y un fólder donde guardaba diversos documentos, incluido el de su liberación.

-Gracias, abue -susurró y no pudo evitar que sus brazos fueran hasta el cuello del viejo y lo estrecharan. Conmovido, el abuelo correspondió al abrazo, y las lágrimas afloraron a los ojos de ambos. Otras personas que aguardaban frente al portón de la aduana, encuclilladas o con la espalda recargada sobre el muro de concreto, apenas si los miraron, y volvieron a ensimismarse.

Cuando se separaron, ambos secaron sus lágrimas y desde ahí, Ronco Rugidor tuvo la doble sensación de vacío y deslumbramiento. La primera, por el mundo de encierro que dejaba tras de sí. La segunda, por el retorno a la calle que desde hacía siete años no veía.

-¿Ya no te has enfermado de la garganta? -preguntó el abuelo Venado, a quien desde pequeño y por su dificultad para pronunciar la "r", Ronco Rugidor llamaba así, por elemental deformación de Bernardo-. Porque tu abuela te mandó unas gorditas rellenas de chicharrón y con harto chile, no te vayan a raspar. Si quieres, buscamos una tienda para que compres un refresco. Por cierto, ten este dinero -dijo y le extendió unos billetes arrugados. Ronco los cogió.

-No, abuelo, me siento sano. Pero al ratito me las como. Primero me quito esta ropa -eligió Ronco Rugidor y echaron a andar...

Ronco miraba hacia todos lados. El aire, la luz, le parecían distintos. Y sin embargo, eran los mismos que respiró en el penal hasta hacia unos minutos.

-Te ves más espigado, hijo -dijo Venado luego de verlo caminar unos pasos delante de él-. Y más clarito.

En efecto, las facciones de Ronco Rugidor eran menos morenas. El pelo corto seguía siendo un poco ondulado. Se conservaba fornido, pero sin grasa. Y se comía con la mirada todo el paisaje urbano: los autos de alquiler que se disputaban el pasaje, los autobuses apretujados, las banquetas cuyas coladeras eran trampas para el peatón; inhalaba cuanto aroma llegaba hasta él y sentía que era delicioso.

Llegaron a los guáteres públicos, pagaron por el servicio y a cambio recibieron un cuanto de plana de periódico a modo de papel higiénico, y entraron. Aunque desde la mañana no vestía el uniforme, sentía que sus ropas llevaban impregnado el aroma del encierro. El abuelo, previsor, le llevó loción y desodorante para las axilas:

-Es para que perfumes la cueva del zorrillo -lo embromó.

Rugidor quería salir cuanto antes de ese sitio, el guáter, que lo asfixiaba con su aroma amoniacal, quemante, así que se frotó con energía, cambió la camisa y los pantalones color beige, tiró los calcetines y se echó encima la chamarra de pana.

-Listo, Venado. Gracias por todo. Deveras.

A Venado los ojos se le llenaron de lágrimas, pero con su paliacate las enjugó en un golpe certero. Fueron hasta la esquina, en la tienda compraron cigarros; Ronco ingirió el alimento enviado por su abuela y se fueron a fumar mientras esperaban un camión o un taxi.

-Qué piensas hacer -preguntó Venado.

-A ver -respondió Ronco Rugidor mientras miraba a una parvada de estudiantes de secundaria revolotear, levantaban polvareda alrededor de un par de rijosos que se tiraban trompadas y puntapiés al otro extremo del parque-. ¿Ya nos vamos, abuelo? -dijo y se levantó sin esperar respuesta.

VI

-Ojalá que ya agarres experiencia, hijo, y que de algo te haya servido esto -dijo el abuelo cuando viajaban en el auto de alquiler. Estrujaba con nerviosismo el sombrero y los bigotes zapatistas se le movían a izquierda y derecha, derecha-izquierda.

Flaco, de rostro enteco y café caoba, el taxista no les quitaba el ojo de encima: Cabrones, ese truco del viejito y el chavo ya me lo han hecho, pero conmigo se las van a pelar, cavilaba y a hurtadillas acariciaba la cacha de su pistola, una Colt 38 Super.

Comenzaba a oscurecer cuando le hicieron la parada. Anocheció cuando llegaron adonde el pavimento comenzaba o terminaba, según se fuera o se viniera. Entre tumbos y sacudidas, el taxista lanzaba maldiciones e incrementaba su nerviosismo.

Ronco Rugidor se asombraba de los enormes cambios que su terruño había sufrido. El recién instalado alumbrado público destacaba más la miseria. Un rock rasgaba el silencio y acallaba el ladrido de los perros, los gritos de los chiquillos, el sonido azul eléctrico de un televisor, las maldiciones de un borracho, las palabras de amor de él a ella, pero no las de él.

El aire llevaba aromas de café colombiano y frituras sobre el comal de un taquero; de quesadillas y tamales, flanes y elotes cociéndose dentro de un cazo; perfume de peluquería y enjuagues de salón de belleza y cerveza en la cantina y agua bendita en la capilla incensada; un mercado entre las sombras hiede a podredumbre, a cadaverina. No hay panteón. ¿A qué olerán los muertos?

Frente a la iglesia, los humeantes puestos de antojitos se multiplicaban.

-Nomás saludo a mi abuela y voy a mi casa, Venado.

-Ai tú verás -musitó el viejo y carraspeó.

Le urgía ver los restos del hogar. No lo creía. Sus papás divorciados. Sus hermanos viviendo donde podían. Los animales muriendo de hambre, con excepción de las perras: todas las perras, tres, estaban criando. Sólo la casa del abuelo parecía no haber cambiado. El taxista paró frente a ella, descendieron los pasajeros y recibió un billete del abuelo; sin decir nada comenzó a virar en reversa.

-Oye recabresto: falta el cambio -le dijo Venado al conductor.

Ronco dejó de embelesamiento ante la fachada y se volvió justo cuando el taxista frenaba para cambiar la reversa. Asomó por la ventanilla para respaldar el reclamo del anciano, pero se topó de frente a boca con el revólver del taxista:

-Sésgate, ratero hijo de la chingada -dijo el conductor mirándole con sus ojillos rasgados, brillantes desde abajo del lacio fleco-. Sésgate o te plomeo. ¡Cúchila!

Ronco Rugidor retrocedió con el estómago encogido y la ira contendida. El abuelo pensó que Ronco recibía el cambio del billete, así es que ya se daba a la tarea de abrir el zaguán cuando escuchó a Ronco lanzar mentadas de madre y correr tras el pequeño auto compacto que sorteó los baches a toda velocidad hasta perderse a la vuelta de la esquina.

-Se peló con el dinero -escupió con coraje y polvo.

-Mierda se le ha de hacer, muchacho -dijo Venado mientras con el sombrero en la mano le señalaba el entreabierto zaguán.